EL BLOG DE CRISTINA ACEBAL

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Los propósitos para 2018 que me propongo

Una vez más, y van casi tantas como años tengo, llega la época de los buenos propósitos para el año que viene. Los del año pasado los dejé aquí escritos, en el blog y, por si a alguien le interesa, os diré que, como era de esperar, no cumplí ni el 30 por 100 de lo que escribí. Un desastre.

Aunque creo que lo de hacernos propósitos para el año nuevo es una tradición como la de comer mazapán y fruta escarchada por Navidad. Todo el mundo los hace y todo el mundo los compra pero luego, a la hora de la verdad, ni se cumplen ni se comen. Solo he conocido a una persona en toda mi vida que le guste la fruta escarchada y, el mazapán, a dos o tres, no más. Siempre sé dónde se ha comido un roscón de reyes por las medias-guindas que se quedan en absoluta soledad en los platos.

“Cambié Narcos por Suits”

Así, en 2017 no me compré el secador de pelo de Dyson (sigo con uno de viaje que lo tengo gripado); tampoco vi la serie de Narcos completa, solo vi la primera temporada, me enamoré de Pedro Pascal al que conocí cuando vino a promocionar el anuncio de Loewe (lo conté en otro post) y me pasé a ver Suits. Lo acertado de esta decisión es que cuando todo el mundo se preguntaba quién era la prometida del príncipe Harry de Inglaterra, yo la conocía perfectamente porque Meghan Markle es Rachel, una de las protas de la serie.

PEDRO PASCAL

Sí me compré el bolso de neopreno Save my bag y me gusta tanto que llegué a escribir un artículo sobre él en la web Fuera de serie en la que colaboro habitualmente. Creo que este propósito se convirtió en el propósito de muchas otras, empezando por mis hermanas. Tampoco me leí el “Libro de la madera” que era el que me iba a enseñar a vivir en modo slow life pero, sin embargo, hice un curso de Meditación trascendental que me ha cambiado la perspectiva de la vida. Ahora medito. Me cuesta porque mi cabeza es una centrifugadora sin control pero, respiración a respiración, voy “entrando en la brecha”.

“Me propuse hacer punto”

También me propuse hacer punto. Y me apunté, claro que sí. Fui un día. Hice una cadeneta más larga que el equipo los Angeles Lakers puestos en fila de a uno, como los castellers. Con ella, un rebuño en forma de flor. Me hice un selfie con mi creación tutelada. Se la mandé a mis amigas. Ninguna me pidió que le tejiera un jersey ni si quiera una simple bufanda. Confianza cero en mis manualidades. Tomé café y galletas. Conocí a señoras muy entretenidas pero no volví. Aún no sé porqué. Mi autoexcusa fue que en esa zona era difícil aparcar pero la realidad es que creo que las labores las rematé el día que dejé el colegio y sus monjas con sus capones, festones y vainicas.

Todo esto me hace reflexionar sobre los Buenos Propósitos. Cierto es que no he cumplido muchos pero, sin embargo, los he sustituido por otros iguales o inclusos mejores. Menos el secador, claro.

Y, para 2018, solo voy a pedir virtudes.

Buenos Propósitos

1.- Sentido común para no aferrarme a lo que ya no sirve. Vale desde ese vestido de cuando era soltera y mi cintura era una cintura hasta esas personas que ya no me aportan nada. Para avanzar hay que dejar restos en el camino. Y dejaremos ir al invierno y vendrá la primavera.

2.- Paciencia para no enfadarme con mi hija adolescente y su manera tan peculiar y diferente de entender el orden. Todo lo apila. Creo que estamos ante una tara que habrá que tratar sin falta en 2018.

3.- Empatía la que le pido a  los controladores de los parquímetros azules y verdes de Madrid para que hagan la vista gorda cuando me paso de la hora. Deben entender que no es de buena educación dejar a una amiga con la palabra en la boca ni un vino a medias solo por desaparcar a tiempo.

4.- Fuerza de voluntad para controlar mi afición a las patatas fritas y demás grasas trans, saturadas y malas de pecado mortal. Y sustituirlas, sin mover la epiglotis, por acelgas y brócolis con una happy face del tamaño de una palmera de chocolate de las de panadería.

5.- Madurez para no discutir con mi marido cada vez que se pierde en el coche aunque lleve el navegador conectado y el destino final sea nuestra casa, en la que, por cierto, llevamos viviendo dieciséis años. Ni más ni menos.

6.- Control mental para no cerrar el paso a los “listos” que se quieren colar cada día en la incorporación a la M30. Sobre todo porque a veces yo también lo hago y además pongo cara de: perdona pero soy nueva en la zona y no sabía que todos íbamos al mismo sitio. A partir de mañana hago la cola desde el letrero de “Desvío a 2.000 metros y 4 horas”. Prometido.

7.- Flexibilidad con mi cuerpo y con mis amigos. Con mi cuerpo para ver si en el 2018 consigo llegar con la punta de los dedos de mis manos a la punta de los dedos de mis pies sin doblar las rodillas. En octavo lo hacía mientras me miraba las puntas abiertas de mi melena que caía en cascada. Y con mis amigos para no juzgar sus manías que, como las mías, avanzan sin control a más y a peor.

8.- Confianza en que este año las canas no van a seguir multiplicándose a cascoporro en mi cabeza porque paso más tiempo en la peluquería tiñéndome que en la oficina trabajando. Y así, claro, las cuentas no salen.

9.- Y eso me lleva a la última: Aceptación de mí misma, con arrugas gestuales, básculas canallas que te dan el día desde primera hora de la mañana,  malos despertares o peores atardeceres. A veces, llego a ser soportable. Que 2018 me haga soportable más ratos.

Y sobre todo, como dice mi guía mental, vamos a vivir el aquí y el ahora porque es lo que hay. Ocupémonos de ser felices y despreocupémonos por lo que ni siquiera sabemos si ocurrirá. Tenemos 365 días por delante para intentarlo. Namasté.

Feliz y relajado 2018 para todos.

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Mi burbujeante encuentro con Ricardo Darín 7 años después

La otra noche volví a encontrarme con Ricardo Darín. Nuestra primera vez fue en Los Ángeles, el 7 de marzo de 2010. Él estaba exultante y yo decepcionante. Él acababa de ganar un Oscar y a mí me habían dado con el Kodak Theatre en las narices. Y ahora, 7 años después, volvemos a vernos en otra gala. Esta vez en mi zona, Madrid, y con copa de cava.

Él, desgraciadamente no me pone cara, pero eso es algo que yo lo traía ya interiorizado de casa. Igualmente es grande, y me provoca continuas cosquillas en la boca del estómago como las burbujas de Freixenet. Nos contó por qué aceptó hacer el anuncio más esperado del año, que en esta ocasión va acompañado de tutoriales para aprender a brindar, a llenar la copa, a saborear los brindis. Todo muy viral y muy en la onda de la modernidad. Michelle Jenner es la joven y guapa actriz que le acompaña en el papel de hada. No habría estado mal, de cara a la repercusión mediática, haber contado con Úrsula Corberó, su nuera, como burbuja-pareja pero si Pedro Bonet no lo ha contemplado por algo será.

Mi burbujeante encuentro con Ricardo Darín 7 años después

¿Freixenet o el anuncio de la lotería?

Yo escuchaba a Ricardo, con esa voz tan trabajada, ese deje tan argentino y ese humor rápido, cínico y oportuno que solo practican los más inteligentes y me dejé llevar. Estuvo de diez, de Oscar, de “yo sé que esta noche me voy a enamorar”. Está claro que es mi anuncio favorito para despedir este 2017. Sobre todo teniendo en cuenta que la extraterrestre que Amenábar ha traído a mi tele me resulta tan poco cercana, tan de otro planeta que pienso que el Gordo del 22 de diciembre va a tocar en alguna moneda rara que no sea de curso legal.

Mi burbujeante encuentro con Ricardo Darín 7 años después

Al final de la cena me hice una foto con Ricardo. Sentía más tensión que cuando aparco a oído y el conductor del coche que tengo detrás está dentro de su vehículo mirando mi parachoques y mi cogote. La cola de fans era más larga que la de Doña Manolita -siguiendo con el tema de la lotería- y me percaté, cuando estaba eligiendo la que iba a subir a mi Instragram, de que le había agarrado por el hombro como si fuéramos colegas. Y, sinceramente, un poco sí que me siento, aunque insisto en que él no lo sabe.

La noche que me invitaron a los Oscar

Y vuelvo, para explicarlo, a la noche de los Oscar, ese 7 de marzo en el que nuestros caminos se cruzaron. Ir a los Oscar era un sueño para mí desde pequeña y en 2010 me invitó un amigo-productor-director a ir. Pero primero tenía que reunirme con él en Mexico D.F porque tenía compromisos que atender. Yo, encantada, iba con mi vestido largo paseándolo por aeropuertos y hoteles a la espera de esa alfombra roja que iba a medio pisar de puntillas para dejar una pizca de huella. Pero, por un retraso de avión en Phoenix, llegamos tarde.

El portador de nuestras entradas tenía el encargo de ser la sombra de Gabourey Sidibe, la actriz negra que estaba nominada como mejor actriz por Precious, y no pudo abandonar su puesto para darnos las invitaciones. Y allí, con mi vestidazo y con unas incontrolables ganas de llorar, me quedé en la puerta de mi sueño sin poder entrar en él. Mi amigo, guapísimo de gala, se lo tomó con mejor humor pero yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no ponerme a patalear en el suelo como una niña consentida.

Como una más en la familia Darín

Como por arte de magia apareció Paco Caro, máximo responsable de la Agencia de Comunicación española “Equipo singular”. Tenían planificada una fiesta en el hotel Mondrian por si ganaba el Oscar nuestra española Penélope Cruz, nominada como Mejor actriz de reparto por Nine. Esa noche no ganó ni Pe, ni Gabourey ni yo. Las tres nos quedamos compuestas y sin premio. Pero, en una sala del hotel, todo el equipo técnico y algunos familiares de Ricardo Darín, aguardaban expectantes para ver si “El secreto de sus ojos” ganaba el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa. Nos adoptaron como “frikis” de compañía y nos invitaron a canapés con hospitalidad argentina.

Todos iban muy casual, con zapatillas deportivas, casi de andar por casa. Quizá no entendían qué hacíamos vestidos de gala para ver los Oscar en una tele gigante. Afortunadamente no preguntaron. Fui resignándome a medida que comía y relajándome a medida que bebía. Al fin y al cabo no creo que en el Kodak hubiera una fila reservada para público español y mucho menos que mi asiento estuviera  al lado de Penélope. Seguramente estaría en la última fila del gallinero, haciéndome pis, sin poder salir al baño y sin poder tomar ni agua.

¡Y acabé saliendo en televisión!

Darín ganó el Oscar y compartí abrazos y lloros de emoción con todos sus compatriotas. Como una más. La tele argentina grabó el momentazo y, en Madrid, mis amigas que se habían quedado en vela por si me veían relucir como una estrella, fliparon. Emitieron esas imágenes y no entendían nada. ¿Qué hacía Cristina -después del turre que había dado con su viaje, estilismo, momento de gloria,…- en un hotel  de Los Ángeles, abrazándose con argentinos a los que no conocía de nada? Menos aún entendían porqué lloraba con tanta entrega. Yo creo que aproveché la ocasión para desahogar la tensión acumulada. Me vino de perlas. Me alegraba por Darín, eso sí y por mis anfitriones improvisados. Así que, aunque él no lo sepa, formo parte de ese trocito de la historia de su vida. Y eso une. Y eso compadrea.

Todas las fans que esperaban turno para hacerse la foto con él en la gala Freixenet, no me dejaron contarle mi película pero si ellas hubieran conocido la mía, la cola se habría formado (también) a mi vera. Historias “tan dramáticas” como ésta solo ocurren en Hollywood. La mayoría se quedan allí pero ésta hoy, tenía que contarla y compartirla. Brindo por las anécdotas con las que nos sorprende la vida.

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