EL BLOG DE CRISTINA ACEBAL

Lara Álvarez Belao

Este verano seré Lara Álvarez

Tras el drama vivido por nuestro fracaso en Eurovisión, donde Manel Navarro cantó igual o peor que yo bajo la ducha, me he aficionado a ver el programa de Supervivientes por varios motivos: tenía curiosidad por saber cómo era realmente Bigote Arrocet sin filtros, es decir, sin María Teresa Campos y sin just for men tapando su canas y ver si Juan Miguel, el simpático ex de Karina, logra deshacerse de su inconmensurable barriga a fuerza de privaciones -sería un espectáculo verle ganar una prueba de supervivencia por lograr mirarse  sus propios pies sin asomarse-, pero sobre todo, quería disfrutar de los estilismos y complementos de Lara Álvarez.

Verla tan lozana y fresca y con ese pelazo bien enjuagado y acondicionado, sin nudos ni nidos, que contrasta con las famélicas greñas de las Mellis, las Lauras, Glorias Camilas y Albas hondureñas, y esos bikinis frutales tan bien encajados -yo creo que la licra se la hacen a medida- me provocan para lanzarme a la campaña “moda baño 2017” sin remilgos.

Fan de Lara Álvarez

Pero he descubierto que la auténtica luz a sus looks se la aportan los complementos tan caribeños que luce: collares de conchas, de estrellas, brazaletes étnicos… y me he puesto a investigar su procedencia. Y ya lo he averiguado y además lo voy a compartir a sabiendas de que corro el riesgo de coincidir este verano con algunas de vosotras en las playas de Cádiz en plan #todassomoslaraálvarez.

La firma se llama Belao y su creadora, Beatriz Palomares, es una artesana que con piezas atemporales y funcionales crea complementos muy originales y a un precio más que asequible. Entre sus filas cuenta con seguidoras del porte de la top Eugenia Silva, la estilosa Susana Griso, la infanta Elena, la estilista de Cámbiame, Cristina Rodríguez, Lara Álvarez y, desde ya, conmigo.

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Conoce Belao

Os invito a todas aquellas que estéis preparando vuestra maleta de luna de miel con destino playa que no la cerréis hasta que  echéis un vistazo al impresionante surtido de Belao. Podéis convertiros en las reinas de los mares con unos selfies de esos que alcanzan cientos de miles de likes. Si os apetece seguir su trabajo en Instagram, pinchad aquí. Y si no os resistís a la tentación de comprar, hacedlo a través de beapq@belaobisuteria.com.

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La tendencia Lagom quiere acabar con el Hygge y me niego

Ahora que teníamos el Hygge ya aprendido, interiorizado y practicado. Que nos habíamos leído el libro “Hygge. La felicidad en las pequeñas cosas” de Meik Wiking y subido alguna foto a instragram con el hastag pertinente y que incluso nos habíamos expuesto a la hiper caloría para no saltarnos la regla de beber chocolate caliente frente a la chimenea o la luz de las velas, llegan los suecos y le arrebatan el protagonismo a los daneses, imponiendo el Lagom como lo último en tendencias de vida.

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Pero, ¿qué nos trae esta nueva filosofía? ¿Cuánto nos va a costar? Tranquilidad absoluta. Mientras que el hygge se basa en atrapar momentos entrañables, caprichos únicos, de máximo confort para que se queden retenidos en tu alma como lo único necesario para ser feliz, el Lagom (sin traducción porque ya os he dicho que es sueco) es vivir la vida sin privaciones pero sin excesos. Todo en su justa medida. Ni más ni menos ni menos ni más.

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No renunciar a los caprichos pero en formato mini, es decir, comerse la onza de chocolate y no la tableta entera. “Ni calvo ni tres pelucas” que dirían los castizos. Así lo entienden los seguidores de esta tendencia que corre como la pólvora, sobre todo porque se supone que con menos se va a ser más feliz y eso siempre -y al menos- es más barato. Pero confieso que me cuesta. Que el hygge me mola más. Y quizá es porque, sin ponerle nombre, yo ya era lagomnista desde hace mucho tiempo. Y lo era más por obligación que por devoción. O, mejor dicho, por prudencia como tantos y tantos paisanos que a fuerza de años y años de crisis han tenido que conformarse más con menos que con más. Y el hábito ha acabado haciendo al monje. ¿O no?

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Los del famoso club sueco dicen que conviene llegar a fin de mes sin números rojos en la cuenta. Y yo digo que no hace falta ser sueco para saber el efecto positivo y la algarabía que te producen los números negros. También dicen que hay que apagar las luces cuando no se está en la habitación. Ahí yo fallo en dos luces: una, la de la cocina porque vamos y venimos tantas veces que creo que al final me gasto más en el arranque que si la tengo luciendo y la de mi mesilla de noche porque cuando decido irme a la cama, somnolienta, medio aplastada de sofá y siempre a punto de desvelarme, me guía.

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Eso sí, la he puesto de bajisísimo consumo. Sus fieles también apuntan que hay que cerrar el grifo mientras te enjabonas. También fallo porque si lo hago, me quedo helada y la ducha se convierte en una tortura china que me pone de un mal humor tal que estoy convencida de que los suecos preferirían pagar mi factura del gas antes que oírme. Eso sí, dejo un hilo de agua gordo no un torrente. Y me la doy muy frugal.

Leo también que puntúa mucho restaurar un mueble antes de comprarse uno nuevo. ¡Ay madre que esto se complica cada vez más! A mí aquí no me aceptan ni llevándoles horas extras de sol a Estocolmo. ¿Pero si la famosa llave allen de IKEA la confundo con una escarpia de diseño? Dicho queda.

Diógenes, ¿precursor del movimiento Lagom?

Empiezo a pensar en gente que yo conozca que viva al estilo Lagom, en plan subsistir con lo mínimo, y solo me vienen a la cabeza Diógenes, el filósofo griego y los del concurso Supervivientes. Estos últimos, aunque obligados, son súper lagomnistas. Y, pensándolo bien, deberíamos considerar a Diógenes precursor del movimiento Lagom. Ya que él hizo de la pobreza extrema una virtud y su principio filosófico era la autosuficiencia, evitando los lujos de la sociedad. Llegó a vivir en una tinaja en vez de en una casa, renunciando a cualquier bien material. Solo tenía una manta, un zurrón, un bastón y un cuenco, que acabó regalándole a un muchacho que bebía agua con las manos. “El sabio debe tender a liberarse de sus deseos y reducir al mínimo sus necesidades”, decía el filósofo cínico.

Diogenes

Mi naturaleza es minimal -más con el paso de los años- y me adapto con facilidad a los recortes del destino pero creo que ni Diógenes estaría orgulloso de mí ni este Club me va a aceptar porque los caprichos hygge no me los va a quitar nadie. ¡Con lo que engordan! Uhmmmm!!!!