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De cementera abandonada a casa de ensueño

La rehabilitación de espacios abandonados imposibles ha sido una asignatura donde el arquitecto catalán Ricardo Bofill, ha despuntado de forma sobresaliente. En el polígono industrial sudoeste de Barcelona se alza el taller de arquitectura -además de vivienda- del arquitecto. Bofill alcanzó la fama hace casi medio siglo cuando decidió rehabilitar una antigua cementera barcelonesa de principios del S.XX, convirtiéndola en un auténtico palacio donde, por inverosímil que parezca, la vegetación se ha apoderado del espacio transformando el que fuera uno de los lugares más contaminantes de nuestro país en un pequeño “pulmón verde” en el barrio de Sant Just de Desvern.

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Una nueva vida para una fabrica de cemento en los años 70

“Saliendo de Barcelona en el coche vi que había una fabrica que echaba humo. Era la fábrica de cemento más antigua y con la chimenea más alta de España. Estaba contaminando los alrededores de Barcelona. Me enteré de que por eso cerraba y se trasladaba. Quise comprar el terreno para ocupar la fábrica y ponerme a vivir y a trabajar en ella”, relata Ricardo Bofill sentado en las escaleras de una de las estancias principales del laberíntico espacio que conforma su taller. Un enorme conjunto de silos y edificios con casi dos kilómetros y medio de túneles subterráneos se extienden debajo del edificio y por sus terrenos aledaños.  Un proyecto que hoy en día, tras más cuatro décadas, sigue en constante evolución.

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Lo más sorprendente de este curioso lugar es el contraste entre la impresionante decoración, con elementos nobles, y el frondoso jardín que adorna el humilde cemento desnudo que rememora los vestigios de la antigua cementera. En propias palabras del arquitecto: “No me gusta la apariencia del lujo, me parece que el lujo está en el espacio y en la manera de vivir, pero que no está en tener un objeto de oro o pintar una fachada de oro.”

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Hoy en día la fábrica tiene una catedral, un taller, varias salas de archivo, espacio residencial y un espacio de trabajo para la empresa de Bofill repartidos en cuatro pisos en los silos de la fábrica y conectados por una escalera de caracol. Un recinto único en el que Bofill ha sabido recrear su propio universo, un espacio vivo en constante expansión.