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Mi burbujeante encuentro con Ricardo Darín 7 años después

La otra noche volví a encontrarme con Ricardo Darín. Nuestra primera vez fue en Los Ángeles, el 7 de marzo de 2010. Él estaba exultante y yo decepcionante. Él acababa de ganar un Oscar y a mí me habían dado con el Kodak Theatre en las narices. Y ahora, 7 años después, volvemos a vernos en otra gala. Esta vez en mi zona, Madrid, y con copa de cava.

Él, desgraciadamente no me pone cara, pero eso es algo que yo lo traía ya interiorizado de casa. Igualmente es grande, y me provoca continuas cosquillas en la boca del estómago como las burbujas de Freixenet. Nos contó por qué aceptó hacer el anuncio más esperado del año, que en esta ocasión va acompañado de tutoriales para aprender a brindar, a llenar la copa, a saborear los brindis. Todo muy viral y muy en la onda de la modernidad. Michelle Jenner es la joven y guapa actriz que le acompaña en el papel de hada. No habría estado mal, de cara a la repercusión mediática, haber contado con Úrsula Corberó, su nuera, como burbuja-pareja pero si Pedro Bonet no lo ha contemplado por algo será.

Mi burbujeante encuentro con Ricardo Darín 7 años después

¿Freixenet o el anuncio de la lotería?

Yo escuchaba a Ricardo, con esa voz tan trabajada, ese deje tan argentino y ese humor rápido, cínico y oportuno que solo practican los más inteligentes y me dejé llevar. Estuvo de diez, de Oscar, de “yo sé que esta noche me voy a enamorar”. Está claro que es mi anuncio favorito para despedir este 2017. Sobre todo teniendo en cuenta que la extraterrestre que Amenábar ha traído a mi tele me resulta tan poco cercana, tan de otro planeta que pienso que el Gordo del 22 de diciembre va a tocar en alguna moneda rara que no sea de curso legal.

Mi burbujeante encuentro con Ricardo Darín 7 años después

Al final de la cena me hice una foto con Ricardo. Sentía más tensión que cuando aparco a oído y el conductor del coche que tengo detrás está dentro de su vehículo mirando mi parachoques y mi cogote. La cola de fans era más larga que la de Doña Manolita -siguiendo con el tema de la lotería- y me percaté, cuando estaba eligiendo la que iba a subir a mi Instragram, de que le había agarrado por el hombro como si fuéramos colegas. Y, sinceramente, un poco sí que me siento, aunque insisto en que él no lo sabe.

La noche que me invitaron a los Oscar

Y vuelvo, para explicarlo, a la noche de los Oscar, ese 7 de marzo en el que nuestros caminos se cruzaron. Ir a los Oscar era un sueño para mí desde pequeña y en 2010 me invitó un amigo-productor-director a ir. Pero primero tenía que reunirme con él en Mexico D.F porque tenía compromisos que atender. Yo, encantada, iba con mi vestido largo paseándolo por aeropuertos y hoteles a la espera de esa alfombra roja que iba a medio pisar de puntillas para dejar una pizca de huella. Pero, por un retraso de avión en Phoenix, llegamos tarde.

El portador de nuestras entradas tenía el encargo de ser la sombra de Gabourey Sidibe, la actriz negra que estaba nominada como mejor actriz por Precious, y no pudo abandonar su puesto para darnos las invitaciones. Y allí, con mi vestidazo y con unas incontrolables ganas de llorar, me quedé en la puerta de mi sueño sin poder entrar en él. Mi amigo, guapísimo de gala, se lo tomó con mejor humor pero yo tuve que hacer verdaderos esfuerzos por no ponerme a patalear en el suelo como una niña consentida.

Como una más en la familia Darín

Como por arte de magia apareció Paco Caro, máximo responsable de la Agencia de Comunicación española “Equipo singular”. Tenían planificada una fiesta en el hotel Mondrian por si ganaba el Oscar nuestra española Penélope Cruz, nominada como Mejor actriz de reparto por Nine. Esa noche no ganó ni Pe, ni Gabourey ni yo. Las tres nos quedamos compuestas y sin premio. Pero, en una sala del hotel, todo el equipo técnico y algunos familiares de Ricardo Darín, aguardaban expectantes para ver si “El secreto de sus ojos” ganaba el Oscar a la Mejor película de habla no inglesa. Nos adoptaron como “frikis” de compañía y nos invitaron a canapés con hospitalidad argentina.

Todos iban muy casual, con zapatillas deportivas, casi de andar por casa. Quizá no entendían qué hacíamos vestidos de gala para ver los Oscar en una tele gigante. Afortunadamente no preguntaron. Fui resignándome a medida que comía y relajándome a medida que bebía. Al fin y al cabo no creo que en el Kodak hubiera una fila reservada para público español y mucho menos que mi asiento estuviera  al lado de Penélope. Seguramente estaría en la última fila del gallinero, haciéndome pis, sin poder salir al baño y sin poder tomar ni agua.

¡Y acabé saliendo en televisión!

Darín ganó el Oscar y compartí abrazos y lloros de emoción con todos sus compatriotas. Como una más. La tele argentina grabó el momentazo y, en Madrid, mis amigas que se habían quedado en vela por si me veían relucir como una estrella, fliparon. Emitieron esas imágenes y no entendían nada. ¿Qué hacía Cristina -después del turre que había dado con su viaje, estilismo, momento de gloria,…- en un hotel  de Los Ángeles, abrazándose con argentinos a los que no conocía de nada? Menos aún entendían porqué lloraba con tanta entrega. Yo creo que aproveché la ocasión para desahogar la tensión acumulada. Me vino de perlas. Me alegraba por Darín, eso sí y por mis anfitriones improvisados. Así que, aunque él no lo sepa, formo parte de ese trocito de la historia de su vida. Y eso une. Y eso compadrea.

Todas las fans que esperaban turno para hacerse la foto con él en la gala Freixenet, no me dejaron contarle mi película pero si ellas hubieran conocido la mía, la cola se habría formado (también) a mi vera. Historias “tan dramáticas” como ésta solo ocurren en Hollywood. La mayoría se quedan allí pero ésta hoy, tenía que contarla y compartirla. Brindo por las anécdotas con las que nos sorprende la vida.

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